viernes, 21 de octubre de 2016

Una visión personal en torno a "Monodia y otros poemas"




Fotografía por Liliana Isabel Hernández
Aun cuando la poesía no obedece siempre a los dictados de la razón, y tampoco se ajusta a nada programático, es verdad que casi siempre llega a definirse en uno alrededor de ciertas  ideas o emociones fundamentales. Para mí, la poesía está ligada desde el comienzo de mi vida a la noción de extrañeza absoluta ante el mundo, que para otros puede ser sólo asombro, perplejidad. Desde esa noción la vida gira entonces hacia un estado de conciencia altamente sensible que descubre, por igual, tanto la dimensión maravillosa y casi fantástica de esa vida, como su polo opuesto, su lado oscuro y absurdo, su vacío, su desesperanza. En esos territorios, tal vez sin proponérmelo abiertamente, he visto nacer y crecer mis poemas durante los últimos cuarenta años. Pero también, de alguna manera, todo ello se ha acompañado por la voz del hombre que se ve vivir y luchar entre otros, como parte de un sueño mayor, una realidad que va más allá del sí mismo, de los límites de un yo tan precario y frágil. Reconocerme en esa fragilidad, esa precariedad, ha sido también para mí, digamos, una especie de fortaleza. La poesía se convierte ahí en una manera de estar, de permanecer, de asumir y comprender mejor lo que soy y lo que el mundo es en mí.


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Puedo decir que en lo particular soy un ser de naturaleza más bien tranquila, calmada, sin llegar a calificarme como una persona feliz o dichosa. Después de esa confrontación en lo hondo, desde esa conciencia de irrealidad, de extrañeza, de absurdidad (la misma conciencia de absurdo planteada por Camus y luego por Cioran, Bernhard, Pessoa, etc.) sólo queda suicidarse o mantenerse de este lado. La poesía hace posible esta última opción, y desde luego, nos obliga a habitar el mundo con los ojos abiertos. En tal sentido es muy cierto lo dicho por René Char en alguna parte cuando afirma que la poesía es la más alta y dolorosa lucidez y como tal, se constituye en salvación o condena, según quiera uno interpretarlo. Por otra parte, ni soy pesimista a ultranza ni optimista de nada. Prefiero aceptar “la dulce melancolía” que propone Victor Hugo, como parte de mi existencia, capaz de gozar sin exaltación de la belleza efímera de las cosas, aceptando sin grandes gestos, con sobriedad, lo que el día ofrece, el privilegio azaroso de estar presentes, de poder “sentir el viento pasar”, como decía Caeiro.


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La literatura y, en esencia, la poesía, son nuestras mejores armas contra el vacío, contra la angustia de sabernos mortales, efímeros y aun definitivamente banales, inermes ante la realidad que está sobre nosotros. La poesía no es sin embargo, un consuelo, un paño de lágrimas como a veces se cree. Por el contrario, ella mantiene abierta esa “herida fundamental” de la que hablaba Alejandra Pizarnik, aunque ella misma pensaba que el poema podría reparar tales fisuras. Ese estado de emergencia del ser, de crisis permanente, es lo que expresa para mí la poesía más honda, la que me seduce y posee. El día que la ciencia, por ejemplo, logre “curar”, aliviar todos los desasosiegos, todos los miedos, los dolores humanos, ese día la poesía resultará más superflua que nunca, me atrevo a pensar. Sin el acicate de lo incierto, la eterna insatisfacción, el desasosiego interior la vida se convierte en un perfecto desierto, en un “paraíso de mermelada” insoportable como escribió Estanislao Zuleta. No obstante, hay un momento en que el sueño de la perfección se hace también posible y demasiado humano, pese a la conciencia del fracaso anticipado, de lo terrible habitando todos los sueños humanos. El ángel rilkeano está siempre presente y ante él nos postramos o contra él luchamos siempre, según sea la fuerza o el deseo de nuestro corazón.


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Mi yo íntimo es tan ficticio o tan “real” para mí, como mi yo lírico. El rimbaudiano “Yo es otro” creo que expresa esa percepción, aunque después de Rimbaud, la despersonalización del lenguaje poético se hizo más dramática que nunca. Él y Fernando Pessoa son para mí  modelos de esa despersonalización que multiplica, potencia ad infinitum las posibilidades de una experiencia de totalidad, desde un lenguaje  consciente tanto de sus límites como de sus poderes, un lenguaje hiperestésico, pleno de tensiones, de resonancias intertextuales aún vivas en muchos de los poemas actuales. En mi caso personal, no creo mucho en el “carácter” explícito de mis visiones, de mis fantasmas, de mis obsesiones. No hay una voluntad de definición, de concreción en ellas. Son apenas quizá, máscaras, sombras, reflejos de eso que en el fondo, sueño o creo ser. Aunque como ya he dicho, todo esto se acompaña con la voz que procede de las cosas, los hechos, las manifestaciones cotidianas del mundo que vivo concreta y llanamente también.


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“Monodia”, un término prestado del lenguaje musical con el que he titulado mi libro más reciente, expresaría esa voz monocorde que anida en toda mi poética, una voz monologante que procede no solo de mi entraña sino también de la entraña de la realidad, si así pudiéramos decirlo. La voz a veces inaudible que llena nuestras horas más fútiles, nuestros días más vacíos, nuestros silencios aparentes, esa voz desnuda, obsesiva y desprovista de  retórica que en últimas acaba por vencer, como decía Antonio Porchia, incluso la propia palabra, el propio decir. Quizá sea la voz misma de la poesía, esa monodia reiterativa y avasallante que todos oímos al fondo de nosotros sin prestarle a veces la atención que merece.


(Apartes de algunas respuestas de una entrevista concedida a Diana Menasche, poeta brasileña en diciembre de 2015)

sábado, 12 de diciembre de 2015

Presentación de "Monodia y otros poemas" en Nueva York y Medellín

Comparto algunas fotografías de lo que fue la presentación de mi libro Monodia y Otros poemas el pasado 29 de octubre (Corona Community Library, Queens) y 10 de diciembre (Café Rojo, Medellín), con la presencia de amigos y poetas muy estimados. 
















domingo, 11 de octubre de 2015

Monodia y otros poemas

Está ya disponible en Amazon mi libro, Monodia y otros poemas, que será presentado en Nueva York próximamente y en Medellín hacia finales de año:

http://www.amazon.com/dp/1517331870/ref=cm_sw_r_fa_dp_5GVfwb0P7G978 


Ilustración de carátula: Lina Ceballos



 




lunes, 23 de febrero de 2015

Monodia




Ahora que tu cuerpo se dispone a cruzar la frontera más solitaria, dime,
 ¿a qué grito, a qué palabra te aferras?
Lucía Estrada



1

Aferrarse no tanto

a ninguna palabra


porque todas caen 

-heridas de tiempo o de hastío-

contigo, con todo


agarradas al aire, hojas del otoño

sobre la calle


A grito alguno, a nada

porque tampoco alcanza

y es denso el clima de la noche

como para andar gritando

a esta hora


A nadie porque apuran

el paso desde atrás

tantas sombras


y al lado sólo susurra

tu nombre


el vacío


2


Quizá al silencio ganado al fin

a fuerza de renuncias, de atarse firmemente a los huesos,

como a un último dique ante la muerte


Reconocer en la luz prenuclear

el pulso de la tiniebla todavía vivo,

el pálpito secreto que aguzó tus miradas de niño

y abrió puertas al otro lado de la noche

que aún permanecen esperando


Merecer esta nieve tardía en la cabeza,

esta fiebre infantil de la edad


Esta vuelta al origen que es de nuevo

la forma más digna de irte.


3

Aprendiste tarde el sabor de una lengua,

el sonido real de las cosas


Ajustar los pasos y el peso del cuerpo

a otra luz, otros ritmos asumiendo un vigor que nunca creíste posible,

un entusiasmo extraño, una febrilidad nacida entre la gente

que cruza por Manhattan arrobada en sus propias gestos,

enajenada o ebria


Como quien advierte su vieja desnudez por vez primera

Y acepta después de todo un traje prestado

4

Entonces de dónde

el creciente murmullo, la paralela voz que asciende

por tus tripas hasta inundarte el cráneo


Ecos de preguntas que nunca respondiste

y vuelven en mitad de la nada


Acaso es preferible no indagar o esperar

lo que al cabo podría ser sólo resonancia

del hueco original que moduló tu nombre


5

Hubo, recuerdas, un lugar para ti,

una casa, una orilla de amor bajo la estrella,

ojos que te esperaron en mitad de la noche


-Y después el vacío te desbordó y huiste


Estar del otro lado fue tu sola ganancia

con tu cara de nadie perfectamente puesta

con tus manos inútiles

tu boca enmudecida


Tu cabeza avanzando no obstante entre la bruma,

obstinada, apurando el aliento


como si aún tuvieras tiempo

como si aún tuvieras mundo

para esperar, para alcanzar


Demorando la hora de saber

Aplazando el instante

de soltar


de abandonar el cuerpo

a la orilla del día

o de la noche.


6

Alguien más en las ciudades que conociste

repetirá tus pasos, mirará de nuevo por encima de los árboles

confiado el amanecer


y sin saberlo exultará en su sangre

lo que tú no entendiste para seguir y resistir


Pero has dicho ya todo

cuanto no era necesario


Fue de lo que se te quedó incrustado

entre pecho y espalda


de lo que debiste haber escrito

de lo que debiste haber hablado


No pudiste

No supiste

No alcanzaste a comprender a tiempo


Y ahora que lo intentas

se deshacen en moho las palabras

agarradas al aire


Cayendo contigo, con todo,

hojas del otoño

sobre la calle.

***

(Nueva York, 2014)